viernes, 14 de febrero de 2014

Barcos, faros, olas y gaviotas enamoradas...


Éstas son las imágenes del precioso espectáculo que ayer al atardecer provocaron los fuertes vientos de Poniente que nos acompañan hacen semanas. Es un esfuerzo físico caminar por la playa contra el viento, al contrario que les ocurre a las gaviotas, siempre de cara al viento a la orilla del mar, como si cargaran energías para poder volar y planear con toda facilidad.


Ayer las contemplé durante horas, son admirables y fascinantes, en grupo, el padre y la madre o abuelos, de gran tamaño, controlando todo, y cuando les parece que se acerca un peligro, empiezan a gritar con esos graznidos tan peculiares, (con Paco hablábamos si graznido es la expresión correcta para las gaviotas).


Y empiezan a volar las más pequeñas y blancas, las llamadas Riallera o Reidora, eso me lo enseñó Paco también. Y las más grandes, las llamadas Argéntea, de tono oscuro plata, siguen firmes en guardia y son las últimas en abandonar el lugar. Adoro verlas volar sobre el mar en contraste con el Sol y las olas...


Y adoro esta imagen de las barcas de pesca con sus redes cargadas o medio llenas, o incluso a veces casi vacías, entrando a puerto dando un giro abierto para no encallar en las rocas guardadas por el faro, con las gaviotas volando y graznando a su alredor como guías del barco y avisando a los de tierra que ya llega la pesca... Es una imagen que me fascina desde niña y no puedo dejar de contemplarla, imaginando la vida en alta mar... más allá del horizonte... Esta es mi metafísica, por eso no puedo dejar de vivir junto al mar Mediterráneo.


Con sus colores jades, turquesas, zafiros, diamantes y esmeraldas... El mar es para mí como un cofre abierto de piedras preciosas a cada instante cambiante. Aunque algunos pescadores se quejen de que cada día hay menos pesca o que desde Madrid les pongan más problemas para faenar libres en la mar.


Y es que la mar es libertad, donde aún puedes huir encontrándote a tí misma, sintiendo que formas parte de la belleza del planeta y de la vida, y te atrapa, te fascina, ya no puedes dejar de mirarla y respirarla. Será por eso que he conocido desde niña a tantos pescadores con los ojos celestes y la mirada brillante como el Sol de mediodía en alta mar. Será por eso que las gaviotas viven 40 años en cautividad y hasta 36 en libertad junto al mar, libres, y casi rivalizando con los barcos de pesca a ver quién encuentra mejor pieza. Aunque tienen fama de ladronas también, los pescadores a veces las llaman ratas con alas... celosas de sus presas, de sus crías, pero creo que felices, enamoradas de su habitat... O quizá no lo ven como nosotros lo vemos... Siempre me hacen pensar, los barcos, las olas, las gaviotas... ¿Cómo verán el mar?


Es tiempo de amar, esta es la festividad de los enamorados hoy 14 de febrero, en los países escandinavos celebran la llegada de las primeras aves que indican que se aleja el invierno, que se alarga el día, que la naturaleza empieza de nuevo a despertar. Y por eso se hacen regalos y ceremonias como muestra de amor y de amistad. Pero hemos ido de un extremo a otro, y queriendo rechazar la fiesta cristianizada y de consumo rechazamos también toda manifestación de alegría del despertar de la vida de forma natural.


Yo sigo expandiendo mi amor hacia el cielo y el mar, hacia los faros, barcos, olas, gaviotas, que tanto contemplamos enamorados en este mismo lugar... Y sigo enamorada contemplándolo todo como hacíamos siempre, como si fuera su mirada, sabiendo que se fue enamorado, sabiendo que sigue expandiéndose en las aves que tanto amábamos, en el mar y las olas iluminadas por el Sol de mediodía y al atardecer...

La naturaleza empieza de nuevo a despertar. La naturaleza empieza de nuevo a enamorar. Y quiero seguir sintiendo que formo parte de ella, sintiéndome una ola más, una gaviota más, un corazón más.

Texto y fotos

© EVA HUARTE

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