jueves, 6 de febrero de 2014

Paseo azul de invierno


Son éstos días brillantes y azules de invierno los que nos ayudan a soportar sus fríos y tantas horas de oscuridad, igual que son las buenas personas las que nos ayudan a soportar el peso del mal. Es el bien quien sujeta el mundo, de lo contrario, hace tiempo que ya habríamos desaparecido.


Son éstos pequeños momentos y estas pequeñas luces y cosas que nos hacen ver bellas hasta las sombras. Estando a plena luz Solar, bajo un cielo azul infinito, nos gustaría ser eternos. Y estando en la oscuridad, nos gustaría que todo acabara en un instante, por no sentir el peso de tanta lucha entre el bien y el mal interno, por no sentir el peso de la fuerza exterior del mal. Por sentir solo esos finos hilos platino y oro entre el cielo y la tierra, entre el Sol y el agua, entre Luna estrellas y mar...


He despertado cuando el Sol brillaba a medio camino de su cenit sobre el mar, con las olas que siguen encrespadas como una estampida de caballos blancos. Pensaba volver a la playa a fotografiarlas de cerca con sus crines de diamantes, y los barcos surcando las olas levantando espumas blancas.


Pero al salir de casa y sorprenderme ese cielo azul infinito, las piernas han empezado a caminar solas subiendo la colina como si tuviera una cita. Y allí estaban los almendros explotando con sus flores dulces y blancas como la nieve salpicada de pinceladas rosadas, algunas abejas tempranas listas o despistadas remoloneando como si no fuera con ellas, como si aún no fuera la época de empezar a despertar y trabajar.


Otros árboles, en cambio, siguen durmiendo nostálgicos sabiendo que aún faltan muchos días y noches intentando soportar desnudos el frío del largo invierno, intentando mantenerse erguidos y fuertes como los cipreses, guardando la luz blanca de la casa soñada vivida y medio vacía del hogar cálido que fue en inviernos pasados...


Este invierno siento el frío más intenso, más vacío, el mismo Sol brillante que me enamoraba y nos enamoraba no es tan cálido, parece también un poco más triste, como si le faltara algo de sí mismo, como si no pudiera abrazarme y alegrarme como lo hacía antes... Será que el Sol también se hace viejo, como el mundo, como todos... Ya lo decía mi padre: El planeta se hace viejo, como las personas...  Y habíamos planeado envejecer juntos, seguir sorprendiéndonos juntos, cuando a los dos nos sorprendía la vida con las primeras luces de la primera vejez, el cansancio de la espalda y de las piernas, los cabellos blancos, las horas de sueño o insomnio,  las risas y los llantos... Pero seguir juntos enamorados cada amanecer...


Hoy ha sido un día azul inmenso, intenso, de mar a montaña, sólo una fina nube blanca y casi transparente pincelaba la cima de la montaña como si estuviera nevada, como un pequeño tejado blanco. Y he recordado la frase que siempre le decía a Paco cuando hablábamos de los cabellos blancos que nos salían cada día: Cuanta más nieve en el tejado, más calor en el hogar... más calor en el corazón.


Y he sonreído, sientiendo el frío y el débil calor del Sol de febrero, la soledad del invierno, la soledad del ciprés, los cabellos blancos que siguen brotando... sin el calor del hogar. Esperando que pase el invierno, abrazándome a estos días azules, abrazándome al recuerdo del calor que tuvo mi hogar.
Y abrazándome a la esperanza, pensando que cada día, el Sol alumbrará un poco más.

Texto y fotos

© EVA HUARTE


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